2018 — El punto de partida
Todo comenzó en uno de los momentos más difíciles de mi vida. Mi madre había superado un
cáncer y, poco después, a mi padre le diagnosticaron un cáncer de estómago. Fue una etapa muy
dura para nuestra familia. A finales de 2018 mi padre falleció, y esa experiencia nos hizo
reflexionar profundamente sobre la vida, la salud y la importancia de la alimentación. Desde
entonces empezamos a interesarnos más por los alimentos naturales y sus propiedades.
2019 — El descubrimiento
En 2019, mi tío compró una caja de pitayas y me dio una para probarla. Aquella fruta me
sorprendió muchísimo por su forma, color y textura, pero sobre todo por todo lo que empecé a
descubrir después. Investigué su origen, sus propiedades y su valor nutricional. Cuanto más
aprendía, más crecía mi curiosidad. Sin saberlo, ese pequeño gesto marcaría el inicio de un
camino que terminaría transformando mi vida personal y profesional.
2020 — La primera planta
A principios de 2020 decidí comprar mi primera pitaya, aunque no tenía ningún conocimiento
sobre su cultivo. No sabía cómo plantarla, qué tipo de suelo necesitaba ni que muchas
variedades requieren polinización cruzada. Finalmente la encontré en un vivero de la isla y la
planté con ilusión. Con el tiempo descubrí que mi madre tenía una pitaya de más de 30 años en
el jardín. Intenté polinizarla, pero los frutos no prosperaban.
2021 — La expansión y el aprendizaje
En 2021 viajé a Mogán y compré siete variedades diferentes para ampliar mi colección. Más
adelante conocí a personas que compartían esta pasión, como un coleccionista de la Península
que me envió nuevas variedades y un agricultor de Tenerife que me apoyó en el proceso. Gracias
a ellos y a muchas horas de investigación, fui ampliando conocimientos sobre cultivo,
adaptación al clima, mejora del suelo y técnicas de manejo más adecuadas para mi entorno.
2022 — Los primeros intentos reales
En 2022 aparecieron los primeros botones florales, un momento muy emocionante. Volví a
intentar la polinización con la esperanza de obtener frutos. Sin embargo, nuevamente los
resultados no fueron los esperados y todos se perdieron. Fue una etapa de mucha frustración,
pero también de aprendizaje constante. Cada error me ayudaba a comprender mejor la planta y sus
necesidades. Lejos de rendirme, decidí seguir investigando y perfeccionando cada detalle del
cultivo.
2023 — Las primeras pitayas
Finalmente, en 2023 llegaron las primeras pitayas. Después de años de pruebas, errores y
dedicación, pude recoger mis primeros frutos. Fue un momento muy especial que confirmó que el
esfuerzo había valido la pena. Para entonces ya entendía mucho mejor la planta: el drenaje
adecuado, la exposición al sol, las variedades más adaptadas a mi clima y las técnicas
correctas de manejo. Ese año nació oficialmente Pitahayas Narama como proyecto real.
2024 — La identidad y el símbolo
En 2024 decidí dar una identidad sólida al proyecto. Quería un logo que representara algo más
profundo que la fruta del dragón. Así nació el símbolo de los dos dragones formando una
pitaya. Para muchos simboliza el nombre de la fruta, pero para mí tiene un significado
familiar. Representan a mis dos hijas, un dragón pequeño y otro más grande, unidos en
equilibrio. De ellas nació también el nombre Narama, convirtiendo el proyecto en algo personal.
2025 — La visibilidad
Con el tiempo empecé a compartir mi historia en redes sociales, mostrando el proceso, los
avances y también los errores. Poco a poco, más personas comenzaron a interesarse por el
proyecto y por el cultivo de la pitaya. En 2025 tuve la oportunidad de aparecer en Televisión
Canaria en un reportaje especial que ayudó a dar mayor visibilidad a este sueño. Fue un
reconocimiento importante que reforzó la ilusión de seguir trabajando con constancia y
compromiso.
Hoy — La finca piloto
Hoy, Pitahayas Narama no es una finca de gran producción, sino un espacio piloto de
aprendizaje y experimentación. Aquí pruebo nuevas variedades, observo su adaptación al clima y
continúo mejorando técnicas de cultivo. Cada temporada es una oportunidad para seguir creciendo
y aprendiendo. Más allá de la producción, este proyecto representa valores, esfuerzo y
familia. Es la historia de transformación personal que convirtió dificultades en un sueño
compartido, construido con paciencia, pasión y amor.